El monstruo interior de Brígida

 DiabloCerveza

El domingo pasado volvía con un par de amigos de una jornada sobre nuevas producciones en los pueblos, reflexionando sobre los estupendos testimonios que acabábamos de oír, de gente joven y no tan joven, entusiasta y más entusiasta aún, que se estaba lanzando a elaborar productos de gran calidad, con muchísimas ganas y mucha imaginación. Seguro que muchos los conocéis o conocéis a otros como ellos: Huevos, miel, pollos de corral, cerveza artesana, espárragos y otros productos de la huerta, todo realizado con productos ecológicos, trabajo manual y mucho cariño.

Al calor de la conversación, casi sin darme cuenta, salió ese ser insidioso que habita en mi interior, y comenzó a desgranar por mi boca una crítica infame, vistiéndola de constructiva, sobre las distintas propuestas que se habían oído en las jornadas. Me puse pues, a criticar a esos chicas nuevas, que tienen dificultades con el proceso de malteado de la cerveza, porque seguro que en Alemania hay alguien que lo hace y está dispuesto a transmitir el mecanismo, si eso tiene que estar ya todo escrito. Y así podrían sacar una producción mayor y no conformarse con unos pocos litros. O esos otros de las vacas, con la cantidad de terreno que disponen, una planificación más eficiente serviría para que más personas pudieran vivir de la explotación. Es tan difícil montar algo que funcione que ver que sólo sirve como alternativa para unas pocas personas da como un poco de pena. Y cómo organizar una alternativa a gran escala si apenas algunas iniciativas individuales prosperan y nunca son suficientes para inducir un cambio de tendencia.

A estas alturas, mis compañeros de viaje, muy preocupados por el aspecto demoníaco que iba tomando mi cara,  trataban de esconderse tras las cortinas, pedían parar el vehículo para echarme fuera o simplemente se quedaban perplejos ante lo que parecía un ataque injustificable hacia esas personas que a fuerza de tesón y trabajo contribuían a cambiar las cosas. Sólo mis amigos más valientes trataban de frenar al monstruo, echándome en cara mi propia vergüenza de listilla y “sobrá”. Mientras, el mosntruo, desaforado ya, buscaba soluciones, nombraba paneles de expertos, solicitaba un asesor teutón para la cerveza ecológica, organizaba cursillos de apicultura, entablaba un partenariado con Grecia para las vacas, diseñaba una metacooperativa esparraguera y elaboraba planes de desarrollo. Afortunadamente, en ese momento un buen amigo, desde atrás, me estampó un queso curado entre las orejas dejando noqueado al demonio, y a mí por simpatía.

Por ahora el animal se encuentra encadenado en mi interior, disuelto en mi personalidad, y yo estoy convencida de que hay cosas que sólo conviene escuchar con el corazón, que no se puede tratar de racionalizar ni de buscar alternativas o participación en cada momento de la vida. Pero ¿qué va a ser de mí cuando el monstruo se desate otra vez? ¿Me convertiré acaso en mi monstruo y acabaré trajeada haciendo coaching por el mundo, de jornada en jornada vendiendo una alternativa? Si eso me pasara, amigos, matadme de forma rápida para que no sufra, y, si puede ser evitando la molesta coletilla “si ya te lo decía yo”, que resulta desagradable hasta muerta. Por otra parte, quizá el monstruo en un arrebato se inflame tanto que entre en combustión y yo me queme con él. Hay tantos participativos quemados que una más apenas se notaría, carbonilla en el paisaje. Quizá se muera el monstruo y quede yo sola tal y como soy, pensando sólo en mis propias ideas. Si esto me pasara, amigos, no hace falta que me matéis, que ya me habré muerto yo sola, de puro aburrimiento.

Brigida

 

 

 

Brígida

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