Gente de campo, gente de ciudad. Algunos rodeos a propósito de la participación ambiental en el medio rural.

Una colaboración de Daniel López García para entretantos.

Desde que me intereso por estas cosas del territorio me ha sorprendido mucho la cantidad de artículos científicos que hay escritos discutiendo si el medio rural existe o no. Porque la verdad es que yo vivo en un pueblo -grande, de unos 1.000 habitantes. Y aunque soy, como dicen también los sociólogos, “neorrural” huido de Madrid hace 3 años, y como tal perturbo la ruralidad de mi entorno, la vida que hago en este pueblo no es la misma que hacía en Madrid. Ni la gente que hay aquí se relaciona igual que en Madrid, ni sus vidas son iguales a las que se hacen en Madrid. Y por supuesto, no toda la gente es igual en el medio rural. Pero más allá de las ideas del “idilio rural” o de la inexistencia del medio rural; más allá de la dificultad para definir el grado de ruralidad de una población concreta, creo que hay diferencias sustanciales entre la población rural y urbana.

Según las estadísticas estatales, cerca del 20% de la población española vive en núcleos rurales. Esto es nada más -y nada menos- que una de cada 5 personas que habitan en este país. Y estas personas gestionan, más o menos, el 80% del territorio. Pues por ello, esta gente resulta un grupo social clave de cara a la gestión de los recursos naturales y el territorio. Pero además, esta gente es heredera de una cultura milenaria de gestión sostenible de los recursos naturales, aunque quizá esta cultura esté oculta en el fondo de sus desvanes y su identidad.

Es verdad que el medio rural ya no se compone de comunidades homogéneas en su origen y estables en el tiempo. Es verdad que el éxodo rural del siglo XX hizo una selección negativa de la gente que se quedó en el campo. Es verdad que en muchas comarcas rurales la población extranjera supera el 15%. Pero la gente que queda en el campo mantiene, lo quieran o no, un acervo cultural importante. Y las personas que, como yo, han tenido uno solo de sus ascendentes en la ciudad, han perdido casi todo ese acervo.

Este acervo cultural es sustancialmente diferente a pautas de vida sostenible generadas en las últimas décadas en las ciudades. Quizá no va unido a separar las basuras o a mantener las luces encendidas. Pero estoy seguro de que la gente que vive en el medio rural mantiene un conocimiento acerca de los recursos naturales infinitamente mayor, de media, que los habitantes urbanos. Y se manifiesta en una mayor riqueza en el lenguaje para nombrar la naturaleza; en la presencia de conocimientos, habilidades e infraestructuras para manejarla de forma sostenible; o en el conocimiento de procesos ecológicos particulares de cada zona. Estos dos acercamientos a la sostenibilidad, para mí, no son contradictorios, sino complementarios.

Pero no por ello dejan de ser sustancialmente distintos. El segundo tipo de recursos para la sostenibilidad surge de una relación inmediata con la naturaleza, que se muestra especialmente intensa en la actividad agraria. Esta relación inmediata entre sociedad y naturaleza ha derivado, en las últimas décadas, en una profunda insostenibilidad debido a la intensificación de las producciones. Insostenibilidad ecológica y, a la vez, ambiental. Pero ello no significa que todo el conocimiento previo a la Revolución Verde se haya perdido, ni mucho menos; ni una identidad campesina ligada a la tierra.

La insostenibilidad del modelo agrario predominante no significa que los y las agricultores/as convencionales no sean conscientes de la degradación ecológica y social introducida por la agricultura industrial y globalizada en nuestro medio rural. Simplemente, no han encontrado otra forma mejor de mantenerse en sus pueblos y en la actividad agraria. Especialmente frente a la guerra cultural -que fue mucho más allá de las palabras- que se lanzó contra el campesinado en el siglo XX, y aun mucho antes. Las personas que hoy se mantienen en la actividad agraria (las que viven de ella, en base a la agricultura familiar y territorial) son las que han podido hacerlo, por un mejor acceso a los medios de producción. Pero también son, en su mayor parte, las que lo han escogido. Y eso es importante: siguen en el campo por deseo propio, y precisamente contra la dinámica de la sociedad urbanizada y postindustrial de la que forman parte.

Pues bien, las personas que nos preocupamos por las cosas de la naturaleza y por el bien común que esta representa; las personas preocupadas por la deriva territorial de nuestra sociedad; por el constante proceso histórico de expropiación de los recursos naturales y de nuestra relación inmediata con los ecosistemas… Todas estas personas tenemos un aliado potencial en la gente del campo. Potencial, porque en la práctica muchas veces hay una animadversión de profundo arraigo. Sacando un poco las cosas de quicio, a veces parece que un ecologista en un pueblo es peor visto que un ladrón; y un agricultor profesional parece a menudo para los ecologistas la mismísima encarnación del mal ambiental. Pero, aun así, creo que hay sólidos intereses en común entre ambos grupos sociales.

En efecto, las personas agricultoras y ganaderas saben que en la globalización están llamados a la extinción, y que la huida hacia delante de la intensificación productiva les lleva de cabeza a un precipicio. También saben que las salidas individuales e individualistas han resultado una (otra) estafa. Y estas personas gestionan el territorio y poseen muchas claves acerca de cómo hacerlo de forma sostenible, y tienen los recursos para ello. Quizá solo necesitan un poco de apoyo social, gente que les diga: “lo que hacéis es importante, es importante para el conjunto de la sociedad. Y queremos ayudaros a que lo hagáis bien, especialmente porque sabéis como hacerlo”. Estoy seguro de que podemos encontrar soluciones útiles para el común; y estas soluciones pasan por la Agroecología y la Soberanía Alimentaria.

El enfrentamiento entre gente de campo y gente preocupada por la ecología no deja de ser un escenario más para la “guerra entre pobres”. Porque quien ordena el sarao, y quien saca el beneficio de que las cosas funcionen como funcionan, no son ni unos ni otros. Yo creo que cabe, y este es un buen momento para hacerlo, sentarse a hablar, conocerse e intercambiar perspectivas y conocimientos. Mi experiencia es que puede salir muy bien, si se hace con cuidado y desde el respeto. Ya que como decía al principio, la gente de campo y la gente de ciudad somos, en ciertos aspectos, diferentes. Y desde luego, si estas diferencias no están claras, que esto no sirva de excusa para evitar dirigirnos directa y expresamente a las personas que habitan el medio rural.

Creo que vale la pena preguntar a la gente de campo que problemas viven en relación con el medio ambiente, y como los solucionarían. Vale la pena explorar soluciones posibles en las instituciones comunales que aún quedan; las formas organizativas tradicionales; las economías sin dinero y sin acumulación; las costumbres, conocimientos y festividades que mantienen una racionalidad ecológica. Vale la pena escuchar y compartir ideas para encontrar soluciones conjuntas, cada uno desde quién es y desde donde está. No es que sea tarea fácil, pero es una tarea imprescindible. Tenemos mucho que ganar si encontramos salidas conjuntas para la gestión del territorio, y mucho (más) que perder si no lo hacemos. Y las diferencias que encontramos de inicio pueden resultar nuestro principal recurso.

Creo que la batalla cultural por las formas de manejo de los recursos naturales está en el centro de lo que estamos hablando, y es un asunto de toda la sociedad. Y en este escenario, los rescoldos de las sociedades campesinas que aún quedan en nuestro medio rural postindustrial son un recurso central para la reconstrucción de una cultura de la sostenibilidad social y ecológica. Rebusquemos entre estas cenizas; démosle aire y vida a las brasas que encontremos; y añadamos leña nueva para recrear una gran hoguera que queme lo malo y alumbre lo bueno. Esta hoguera nunca será la misma que ahora ni que antes, pero debe ser duradera y bien distinta al fuego capitalista que hoy devora territorios, culturas y recursos naturales.

 

Daniel López García. Técnico e investigador en Agroecología y Desarrollo Rural Sostenible. Miembro de Ecologistas en Acción

[Más escritos de Daniel López García en su blog: http://daniellopezagroecologia.wordpress.com/]

 

 

 

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