No me mola el interné

Foto: mobacks.comLa socialidad es a Facebook lo que la felicidad a la Coca-Cola; Jorge Riechmann

Disculpará el lector este titular tan simplón y viejuno como vacuo, pero si uno quiere que su artículo tenga alguna posibilidad de que alguien lo lea en el ciberespacio, le dé al ‘me gusta’ o lo ‘menee’ en esos buscadores virtuales de éxito, tiene que probar de esta manera a competir con la miriada de titulares que atruenan nuestros correos electrónicos, twitters y facebooks cada día. Esta es una de las peculiaridades comunicativas de internet, que exige una serie de compromisos para comerte un colín en su jungla: titular molón, extensión breve y agilidad en la argumentación.  Y eso no es siempre lo mejor para, por ejemplo, tener un debate sosegado del que pueda surgir algo compartido, que es donde quiere ir este articulo.

Porque claro que me mola internet. Lo uso a diario y verdaderamente me cuesta trabajo imaginar mi vida actual sin él. Pero en su papel como instrumento para profundizar en la democratización de nuestra sociedad, presenta límites y barreras sobre las que queremos reflexionar.

Es cierto que algunas personas han visto en internet la salvación de la democracia, y la herramienta que va a permitir a los ciudadanos poder, por fin, deliberar en esa ágora pública que es la red de redes y construir de forma colectiva su futuro. Sin llegar a ese extremo de ingenuidad, verdaderamente sería de necios, por otro lado, no reconocer el papel de las comunicaciones digitales, que no solo nos han proporcionado herramientas valiosísimas para el aprendizaje, para compartir el conocimiento o para estrechar vínculos hasta hace poco impensables con personas alejadísimas, sino que también han generado modelos organizativos nuevos alrededor de, por ejemplo, la producción cooperativa o la distribución horizontal del saber.

Pero también es verdad que son algunos de los más brillantes pensadores de nuestro tiempo quienes manifiestan ciertos rechazos a esta mirada salvadora que pudieran algunos guardar acerca de las tecnologías de la comunicación. Por ejemplo Langdon Winner, quien muestra cómo los sueños de liberación y democratización con los que se ha presentado cada nuevo instrumento tecnológico históricamente (desde el ferrocarril al teléfono o la televisión; sí, también la televisión se presentó en su momento a la sociedad como una revitalizadora del poder del ciudadano y de la democracia…) han resultado frustrados, uno tras otro, por la realidad. O Zygmunt Bauman, para quien internet sería el paradigma de esta sociedad líquida que diluye compromisos y responsabilidades sociales y políticas. O Richard Sennett, ese sabio que ha buceado en las bases antropológicas del sentimiento de cooperación en las comunidades humanas y desprecia la banalidad y virtualidad de las relaciones creadas a través de los ordenadores. O más cerca Analia Plaza, la periodista digital que escribe en uno de sus últimos artículos alrededor de la brecha digital que está generando enfrentamientos entre ricos y pobres en el acceso a la web. O César Rendueles, el provocador autor del término ‘ciberfetichismo’ que no solo discrepa del papel liberador de internet, sino que va más allá para acusarle de ser un disolvente de las redes sociales y del sentido de pertenencia a una comunidad, de ser una herramienta más, en fin, del capitalismo más agresivo con las necesidades humanas. O Antonio Turiel cuyo pensamiento alrededor del análisis del pico del petróleo y del consumo de recursos naturales de las tecnologías de la comunicación dejan pocas dudas acerca de su futuro, sobre todo si quisiéramos que fuera equitativo. O Andreu Jaume, editor de Lumen, que teme que dejar nuestra memoria (y otras de nuestras capacidades) en manos de internet, es confiar parte de nuestra esencia a un artefacto que apenas hemos reflexionado sobre qué significa. O Daniel Innerarity, quien se muestra más que distante del carácter supuestamente neutro de internet. O, en fin, el poeta, filósofo, traductor, sabio y ensayista Jorge Riechmann que apunta provocativamente la cita con la que abrimos este artículo.

Foto: Kulo TUno no tiene la capacidad intelectual para ni siquiera mirar a esos autores a la altura de las ingles, así que dejemos a ellos los argumentos de fondo, que son por otro lado los verdaderamente relevantes a la hora de enfrentar democracia y tecnología. Dediquémonos aquí, en cambio, a las cuestiones aplicadas y, en concreto, a la calidad de las interacciones que provee el internet y su poder en la articulación de debates con distintos, porque es esa y no otra la esencia de la participación democrática. La pregunta sería… En los procesos participativos de calidad ¿facilita o dificulta internet la deliberación, ingrediente clave para una participación democrática efectiva?

Varias limitaciones tienen las tecnologías de la información en estos asuntos. En los procesos participativos destinados a promover un cambio social la clave es, entiendo yo, la calidad y la calidez de las interacciones sociales que se posibiliten, la creación de escenarios que permitan enfrentar ideas, concepciones, posicionamientos de unos y otros, de personas distintas pero unidas en el compromiso de buscar un espacio común, un futuro deseable para todos. Con esa visión, con esta demanda legítima que se le debe hacer a cualquier instrumento que se quiera poner al servicio de un proceso participativo, ¿qué nos encontramos? Pues al menos con varias dificultades, síndromes y maldiciones:

El síndrome del ‘salir sin decir  adiós’. Sobreponerse a la incomodidad del cara a cara es el primer paso para asegurar un encuentro productivo entre distintos. Un debate presencial te obliga a mirar a los ojos a tu ‘oponente dialéctico’, a convivir con él y, a no ser que seas un cenutrio asocial, esta cercanía obliga (o al menos, hace más probable) a la comprensión del otro. En un debate personal es más fácil obligarte a buscar un encuentro con quien te estás viendo, con quien te encontrarás mañana haciendo la compra o en la cola del cine. En internet, el anonimato, la ausencia de vínculos afectivos facilita, en contra, el ‘encendimiento’, el hacer de tu posición un castillo inviolable, que tiene una fácil salida en caso de incomodidad. Porque la escapatoria en internet está chupada, permite desaparecer, no implicarse con el otro, no obligarse a entenderlo y comprenderlo. En un chat online, le das al ‘salir’ cuando te enfrentas a otro… y santas pascuas.

Imagen: Giuseppe AcquavivaLa emergencia del no grupo: internet genera colectividades nuevas, que funcionan ciertamente con dinámicas y lenguajes diferentes de los grupos presenciales: no se genera ‘grupo’ en el sentido clásico-fuerte con lo que es extremadamente complicado que se den los procesos de generación de identidad grupal que resultan esenciales para construir colectivamente. Establecer la confianza, empatía (la amistad, que apuntaba hace bien poco Víctor Alonso), aprender el lenguaje del otro, provocar espacios de informalidad (uno de los ingredientes que Sennet plantea como básico para que se genere la cooperación entre los seres humanos)… no se encuentran fácilmente en entornos no visuales en los que no te puedes tocar con el otro.

El ‘síndrome de la jaula de grillos’. Es cierto que una asamblea presencial puede también ser una jaula de grillos sobre todo si no cuenta con un buen sistema de moderación (véase siguiente punto), pero organizar diálogos a varias bandas se torna imposible en entornos de cientos de internautas con agendas, objetivos y lenguajes no necesariamente afines. Y si no, que el lector se pase por alguna de las salas de debate de reditt.com, esa extraordinaria herramienta (y va esto sin cinismo, que verdaderamente se trata de una buenísima herramienta de trabajo aunque cuente con ciertas limitaciones) que dicen le está sirviendo a Podemos para preparar su asamblea constituyente.

El problemón de la distopía y discronía. Ninguno de los palabros están en el DRAE, así que merecen una aclaración: los debates organizados a través de foros u otros artefactos virtuales ni se producen simultáneamente ni en el mismo sitio, sino que entre entrada de uno y respuesta de otros pueden pasar varios días y contar con referentes culturales muy distintos. Esto que es también una ventaja de lo virtual (permitir participar a gentes lejanas y en los momentos en los que pueden hacerlo) supone también notabilísimas dificultades que hacen dudar que lo que se da ahí se pueda calificar verdaderamente como ‘conversación’.

El síndrome del censor. En lo presencial, un moderador puede ayudar a salir de desencuentros dialécticos, facilitar salidas a dilemas con nuevas preguntas, reformular propuestas de un participante para que incorpore los argumentos de otro y, sobre todo, legitimarse ante el grupo para asumir este papel. En internet…lo escrito sigue dificultando eso. Borrar un comentario desafortunado es considerado un síntoma de censura en la web; no escribir un insulto arrepentido en unas actas es, en cambio, un acto de responsable honestidad con el sentir del grupo.

Foto: Zsuzsanna KilianLa maldición de lo escrito. Como una condena pública, lo que dijimos al comienzo de un debate virtual hace varios días cuando estábamos encendidos por cualquier motivo y de lo que te arrepientes profundamente…ahí sigue, encabezando ese foro al que te arrepientes de haber entrado. Lo que presencialmente puede resolverse fácilmente con un ‘lo siento’ o ‘no pensaba lo que decía’ o ‘en realidad lo que quería decir es’… que borra automáticamente ese primer desliz de las cabezas de los presentes, en lo escrito no pasa con esa misma facilidad. Porque aprendimos primero a expresarnos con la voz antes que con la palabra. Y porque no todos tenemos la habilidad de poetas y literatos de trasladar con exactitud a caracteres lo que pensamos y al hablar expresamos con medias frases, gestos, explicaciones sobre la marcha, etc.

El síndrome del dilema. Las soluciones a los problemas complejos no suelen ser tan sencillas como ‘sí’ o ‘no’. Y obligarnos a elegir entre una u otra opción es incomodar al consultado en un reduccionismo que banaliza la realidad y al que dirigimos a menudo a los participantes en las consultas digitales. Pero es que además, dar una respuesta rápida tipo encuesta online impide sacarle el jugo a las contradicciones sociales, porque son ahí de donde surgirán las ‘devoluciones creativas’ a los problemas complejos. Ante la pregunta ¿quiere más aparcamientos en el barrio? por ejemplo, las respuestas clásicas de un formulario no nos permitirán obtener soluciones de consenso y la respuesta mayoritaria servirá para disgustar -una vez más- a la minoría. Solo al inquirir a los encuestados acerca del porqué, de sustituir los dilemas por ‘tetralemas’ (los ‘ni sí ni no’, o ‘sí pero no así’, o ‘no pero sí’; R. Villasante, 2006) podemos empezar a vislumbrar soluciones reales a los problemas reales, que quizá no sea justamente el aparcamiento. Lo virtual no favorece precisamente la deliberación, la creación de ese caldo grupal que sirva para, desde la confianza, hacer emerger cosas nuevas a partir de las aportaciones del vecino. Lo escrito es valiosísimo para fundamentar, para acrisolar, pero lo hablado es vital para crear.

La maldición del email. Todos lo hemos sufrido: mandar un correo a un conocido que lo ha interpretado de manera muy distinta a lo que querías transmitir. O de imaginarnos el tono o incluso la expresión de alguien que nos manda un correo sin tener ni idea de lo que estaba realmente sintiendo al escribirlo. Lo que oralmente podemos hacer con mediana facilidad con el lenguaje no verbal, la entonación, la réplica o la aclaración inmediata… en internet resulta más complicado y lento. Aprendemos a hablar antes que a escribir y admiramos al poeta que es capaz de plasmar en un papel los sentimientos que nosotros hablamos: no todos tenemos su habilidad.

 

Foto: Elementa1Internet nos proporciona herramientas muy valiosas, por supuesto que sí, a las que uno no está dispuesto a renunciar y que nos van a ser de indudable utilidad en procesos de transformación social basados en la participación. Y también ejemplos sublimes de cooperación como las comunidades de código abierto o la wikipedia(1) que no existirían desde luego sin ella. Pero no pensemos que va a ser un salvífico bálsamo del que surgirá mágicamente un consenso iluminador a partir de las voluntades de los ciudadanos que las vierten libremente en esa marmita mágica que es la Red de redes. Internet nos está siendo profundamente útil para conocer y transmitir información, para tejer redes, para conocer de forma rapidísima la opinión sobre cuestiones concretas de miles y miles de personas, para estimar tendencias, gustos, opiniones, para movilizar personas, para posibilitar la participación de personas alejadas o dificultadas para lo presencial, etc. Y nos va a ser muchísimo más útil en el futuro en procesos participativos y de construcción colectiva de futuros deseables, con las decenas de herramientas y aplicaciones que se van generando día a día y que van resolviendo algunas de las dificultades apuntadas más arriba. Pero entre las aptitudes de estas tecnologías, creo que todavía no está la de abordar adecuadamente el conflicto. Y es ahí, en la gestión civilizada del conflicto, en el encuentro de discrepancias, de desavenencias, de miradas dispares a la realidad de donde puede nacer una nueva forma de organizar lo común. Porque encontrar las soluciones que necesitamos las comunidades humanas para salir de nuestros atolladeros, solo lo haremos mirándonos serena, firme pero sobre todo humildemente, en los ojos de los demás. Y eso en un mundo grande y globalizado sigue siendo un problema que, me temo, continúa estando en nuestro tejado irremediablemente humano… no en las de una u otra tecnología.

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Santiago Campos Fernández de Piérola_fundación e n t r e t a n t o s

 

(1) Pensará el lector que es un ejercicio de calculada maldad haber elegido precisamente dos ejemplos ligados a internet para ilustrar su carácter liberador, como si no hubiera aportado nada a la sociedad en general más allá de lo que pueda haber generado para sí misma (o sea, que internet sirva democracia solo dentro de internet). Puede que tenga razón, pero también es verdad que han sido los dos casos que primero se le han venido a uno a la cabeza.

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REFERENCIAS

Alonso Rocafort, Victor (2014); Crítica y amistad política en las confluencias de la izquierda; Blog zona crítica (enlace)

Bauman, Zygmunt (2010); Mundo consumo. Ética del individuo en la aldea global. Paidós.

Innerarity, Daniel y Champeau, Serge (comp.)(2012); Internet y el futuro de la democracia; Ed. Paidos

Jaume, André (2011); In memoriam; El País (enlace)

Plaza, Analia (2014); Ricos contra pobres: la brecha social de la tecnología y el caso de Londres; El Diario.es (enlace)

Rendueles, Cesar (2013); Sociofobia; Capitan Swing

Riehcmann, Jorge (2014); Fracasar mejor (Fragmentos, interrogantes, notas, protopoemas y reflexiones); Ed. Olifante.

R. Villasante, Tomás (2006); Desbordes creativos. Estilos y estrategias para la transformación social; Ed. Catarata.

Sennett, Richard (2012); Juntos. Rituales, placeres y política de cooperación. Anagrama. 2012

Turiel, Antonio; Blog The Oil Crash (enlace)

Winner, Langdon (2003); Internet y los sueños de renovación democrática. En Isegoria, no. 28. Traducido por Verónica Sanz González. (enlace)

 

One Comment

  1. Me ha gustado mucho tu artículo Santi.
    Aveces pensamos que esta herramienta, a pesar de lo útil, no debe sustituir a las relaciones humanas del tú a tú, del mirarnos a los ojos y ver/comprender “mas allá de las palabras”……, pero no encontramos los argumentos necesarios para justificarlo. Tu lo has hecho con acierto, ¡estoy totalmente de acuerdo contigo!.
    Gracias.
    Bea

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